El poncho vuelve a la escena y esta vez no es solo un recuerdo del clóset de nuestras abuelas ni una pieza de feria artesanal colgada en San Bernardino. El poncho se resignifica como esa prenda que mezcla lo relajado con lo chic, que puede ser tan cómodo como un sweater oversized pero con un aire distinto, casi como si llevaras una manta encima y aun así tuvieses el outfit más pensado de la noche.
No es casualidad que Bella Hadid haya sido vista con uno hace poco y que automáticamente volviera al radar fashion: ya sabemos cómo funciona el ciclo, si ella lo usa, medio internet lo quiere. Pero más allá del hype, el poncho tiene historia. Sus raíces están en la cultura indígena sudamericana, cargado de colores, tejidos y significados que hablan de identidad y tradición. Décadas después, en los 60, la contracultura hippie lo abrazó como símbolo de libertad y en los 2000 volvió como una tendencia divisoria: lo amabas o lo odiabas. Ahora, en 2025, regresa con ese mismo costado polémico que hace que las prendas se conviertan en tema de conversación.



Lo interesante es que no se presenta como un “must” rígido, sino como una opción abierta: algo libre de estructura, fácil de combinar y perfecto para esos días frescos en los que querés abrigarte sin sentirte limitada. En Nueva York lo ven como alternativa frente al frío cortante, pero en Paraguay podría funcionar tanto en un look casual de domingo como en una salida nocturna de entretiempo. Al final, más que preguntarnos si el poncho está de moda, la verdadera cuestión es si estamos listos para llevarlo con la misma actitud con la que alguna vez lo transformamos en parte de nuestra identidad cultural.

