Carlos Martini es periodista, escritor y uno de los comunicadores más reconocidos de Paraguay. Su voz y su estilo reflexivo han acompañado a generaciones en televisión y radio, siempre con la mirada puesta en comprender la sociedad y sus cambios.
En esta entrevista conversamos sobre la soledad, el impacto de las redes sociales, la inteligencia artificial y su propia transición de la fe al ateísmo. Una charla honesta, profunda y sin prisas, que invita a detenerse y pensar.
– Como periodista y sociólogo, ¿qué cambios culturales cree que han marcado más a Paraguay en los últimos años y cómo afectan nuestra identidad?
En Paraguay, tres cambios culturales recientes son clave: la irrupción del mundo digital, especialmente entre jóvenes urbanos, que ha dado lugar a una “generación zombie” adicta a las pantallas; la apertura política desde 1989, con avances y retrocesos hacia una democracia más participativa; y la urbanización, que ha concentrado a gran parte de la población en áreas metropolitanas, impulsando la comunicación y la protesta ciudadana.
Aun así, estos avances no aseguran mayor comprensión cultural: ocho de cada diez paraguayos no entienden lo que leen, lo que limita nuestro desarrollo.
– Su novela Dónde estará mi primavera es muy personal. ¿Cómo combina esa experiencia íntima con las ideas sociales que quiere transmitir?
Mi concepción de la literatura es que, aunque se base en ficciones, muchas veces esas ficciones son más reales que la realidad misma. La diferencia con el periodismo es que en lugar de narrar hechos concretos, la literatura combina ficción, historia y narrativa para explorar al ser humano.
En Paraguay, por ejemplo, La babosa de Gabriel Casaccia describió con precisión la sociedad de su tiempo, conservadora y encerrada en sí misma. Mi camino es otro: hago literatura existencial, enfocada no en describir una sociedad, sino en explorar las emociones y heridas de las personas.
En Dónde estará mi primavera y otras obras mías, los personajes son seres desorientados que cargan cicatrices y buscan una segunda oportunidad en la vida. Esa mirada existencial me acerca a autores como Benedetti (La tregua), Sándor Márai (El último encuentro), Kate Morton (De vuelta a casa), Sabato (El túnel) o incluso Stephen King, que muestra que el terror puede estar en lo cotidiano.
– Ha visto cómo evolucionaron los medios. ¿Cómo cree que los cambios en la forma de informarnos afectan la relación de los paraguayos con la cultura y qué retos enfrenta el periodismo?
Yo creo que el periodismo enfrenta tres retos que han existido siempre y van a seguir existiendo. El primero es buscar la verdad con la mayor objetividad posible. Objetividad absoluta no va a haber nunca, porque todos tenemos pensamientos, ideas y puntos de vista propios, pero el periodista tiene que aprender a dejar de lado su mirada personal para contar lo que pasa, no lo que le pasa a él. El segundo reto es saber escuchar, pero escuchar de verdad, sin estar pensando en cómo rebatir o en poner una trampa, sino poniéndose en el lugar del otro y tratando de transmitir lo más honestamente posible lo que dice. Y el tercero, no casarse con ningún medio. Cada medio tiene su línea editorial, responde a intereses y cuenta la realidad desde su propia perspectiva, por eso hay que leer y consultar varios, incluso de posturas opuestas, para tener una visión más amplia. Hoy eso es todavía más importante, porque las redes sociales han cambiado las reglas, y con la instantaneidad también viene el riesgo de no contrastar lo suficiente.
– ¿Qué impacto vos crees que tienen las redes sociales sobre el pensamiento crítico en las nuevas generaciones?
Las redes sociales tienen mucho impacto en cómo piensan los jóvenes, pero hay que usarlas con cuidado porque no todo lo que aparece es verdad. Por ejemplo, han circulado noticias falsas muy fuertes que confunden a la gente. Por eso es importante siempre confirmar la información con varias fuentes.
Hay quienes temen que esto pueda afectar nuestra capacidad para sentir y pensar por nosotros mismos.
Un ejemplo claro es la película Her, donde un hombre se enamora de una inteligencia artificial que lo escucha y acompaña. Hoy muchos jóvenes usan la IA para contar sus problemas porque se sienten solos. Eso refleja una realidad triste: una de cada cuatro personas no tiene a quién hablar.
Vivimos en una sociedad donde estamos conectados todo el tiempo, pero muchas veces no estamos realmente comunicados ni acompañados. La tecnología puede ayudar, pero no reemplaza el calor humano, un abrazo o una verdadera conversación. Por eso es importante buscar también cosas que nos nutran de verdad, como un buen libro o una serie que nos haga sentir acompañados.
– Las nuevas generaciones se expresan mucho en temas como el medioambiente, la igualdad de género y los derechos humanos. ¿Cree que ese activismo digital logra cambios reales o queda solo en la superficie?
El activismo digital de las nuevas generaciones sí tiene un impacto importante, porque estos jóvenes ya están en el mundo del mañana, mientras que gran parte del periodismo y del sistema educativo siguen anclados en el pasado. Un ejemplo claro es que, según el propio ministro de Educación, seguimos enseñando con criterios de hace 50 años, lo que genera un “fracaso educativo” donde 4 de cada 10 estudiantes no terminan la escuela.
Además, amplias zonas del interior no tienen acceso real al mundo digital, lo que limita su participación y adaptación a la modernidad. A esto se suma otra realidad preocupante: más de 6 de cada 10 trabajadores son informales y no cuentan con seguridad social ni acceso a salud.
Para que el activismo digital logre cambios reales, es necesario que el país modernice su educación, mejore la conectividad y combata la informalidad laboral. De lo contrario, gran parte de esos reclamos quedará atrapada en un sistema que no se adapta a las demandas de la juventud.
– ¿Qué opinas del nuevo periodismo que surge en plataformas como Twitch, YouTube, TikTok e Instagram? ¿Cómo ves su impacto en la forma en que la gente consume y entiende la información hoy?
En Paraguay no se educa en el manejo de las redes sociales, y eso es un gran error porque ese ya es el mundo real de los niños y jóvenes. Muchos acceden desde muy pequeños, a veces sin supervisión, convirtiendo a internet en una “niñera electrónica”. Por eso, aprender a usar las redes debería ser tan esencial como matemáticas o historia, y enseñarse varios años dentro del currículo escolar.
El sistema educativo sigue anclado en el pasado, educando para un país que ya no existe, mientras los chicos viven en un mundo hiperconectado, hiperactivo e incluso más solitario. Si sumamos la pobreza, la informalidad laboral y la falta de oportunidades, el impacto de las redes sociales se combina con una realidad social frágil, donde aumentan la ansiedad, la soledad y el suicidio juvenil. Por eso, educar en el uso crítico y responsable de las redes no es opcional: es una urgencia.
– En una sociedad que teme a la soledad, ¿cree que aprender a habitarla puede ser una forma de libertad?
Hay que aprender a estar solo, pero es importante diferenciar entre la soledad elegida y la soledad impuesta. La primera puede ser una forma de libertad, pero la segunda, según la OMS, puede ser tan dañina como fumar 15 cigarrillos al día. Hay casos extremos, como el de una novela argentina donde una mujer retuvo a un joven en su baño todo un fin de semana solo para tener alguien con quien hablar.
El problema es que la sociedad ve la soledad con prejuicio. Ir solo a un restaurante o pedir una mesa para uno despierta miradas y compasión, como si estar solo fuera sinónimo de estar mal. Por eso, desde la educación se debería enseñar a manejar las emociones y a elegir el tipo de vida que uno quiere, sea acompañado o en soledad.
La mayoría necesita una vida compartida, pero hay una minoría que opta por una “soledad radical” y la vive plenamente. Lugares como los shoppings o estaciones de servicio son refugios para quienes están solos, porque ahí nadie pregunta por qué. En definitiva, habitar la soledad cuando es elegida puede ser libertad; cuando es impuesta, puede convertirse en una condena.
– ¿Qué ocurrió en tu vida que cambió tu fe y te llevó al ateísmo?
Me acuerdo perfectamente. Hasta sexto curso ya había definido mi vocación: ser sacerdote jesuita, por la profunda admiración que les tenía. Estaba por terminar el año 1975 cuando un profesor de filosofía nos indicó que debíamos elegir una escuela filosófica o un filósofo y hacer un trabajo de dos páginas. Yo elegí el existencialismo. No recuerdo exactamente por qué, pero evidentemente algo me llamaba la atención que no había visto antes.
La biblioteca del colegio era excelente, y en una época sin redes sociales ni bibliotecas virtuales, eso era un privilegio. Era tan pluralista que incluso tenía libros de autores ateos. Me acerqué a una enciclopedia, busqué “existencialismo” y encontré a Sartre, Camus y Heidegger, pero Sartre me atrapó. Él decía frases como “El infierno son los otros” y hablaba de que somos “seres para la muerte”. Empecé a leerlo y no podía detenerme.
En aquel entonces, no se podían llevar los libros a casa, pero como me interesaba tanto y mi turno era de mañana, regresé al colegio por la tarde para seguir leyendo. No llegué a leer toda su obra, pero sí un buen compendio y resúmenes de Sartre. Hice el trabajo y obtuve una excelente calificación. Desde ahí me enganché con el existencialismo ateo, el que sostiene que todo se termina aquí.
En noviembre del 75, comprendí que debía definirme, porque al terminar sexto curso debía ingresar al seminario jesuita. Me dije: “Carlucho, no les vayas a estafar a los jesuitas ni a vos mismo; vos ya no sos creyente”. No fue una decepción, al contrario, estoy muy agradecido con ellos. Simplemente fue una típica crisis adolescente de creencias. A algunos les pasa por una cosa, a mí me tocó por el existencialismo.
– ¿Cual fue un libro que te dio un cambio de perspectiva completo sobre la vida?
Tuve varios libros que me marcaron mucho, pero uno fundamental fue La náusea de Jean-Paul Sartre, que es considerado un texto fundacional del existencialismo del siglo XX. También me impactaron El extranjero de Albert Camus y autores como Arthur Schopenhauer, Emil Cioran y Miguel de Unamuno. Todos ellos me ayudaron a armar un “árbol” de pensamiento existencialista y nihilista que reforzó la concepción que ya tenía sobre la vida.

