El fenómeno de los Labubu, creados por el artista hongkonés Kasing Lung y popularizados por la compañía china Pop Mart, se ha convertido en un símbolo de la cultura pop contemporánea. Estas figuras, que comenzaron vendiéndose en cajas sorpresa o blind boxes, lograron captar la atención de un público global combinando nostalgia, diseño extravagante y una estrategia de marketing que explota la emoción del coleccionismo. Desde 2019 su popularidad no ha dejado de crecer, con celebridades como Lisa de Blackpink, Rihanna o David Beckham impulsando indirectamente la tendencia. En 2025, las ventas de Labubu representaban más del 20 % de los ingresos de Pop Mart, con un incremento interanual de más del 1.000 %. Algunas piezas alcanzaron precios de subasta sorprendentes, como una figura de gran tamaño vendida en Beijing por 170.000 dólares, lo que consolidó al muñeco como objeto de culto.
El éxito también trajo consigo problemas. El mercado se inundó de imitaciones, conocidas popularmente como “Lafufu”, que se distribuyen sin control de calidad y ponen en riesgo a los consumidores por piezas desmontables, etiquetas falsificadas o materiales tóxicos. Autoridades de países como el Reino Unido ya alertaron sobre estos riesgos, mientras que en China se iniciaron campañas de confiscación de miles de figuras falsas y Pop Mart emprendió demandas legales incluso contra grandes cadenas internacionales. La compañía también debió enfrentar la caída de sus acciones en Hong Kong luego de que el gobierno anunciara regulaciones más estrictas sobre la venta de cajas sorpresa, debido a su impacto adictivo entre los más jóvenes.
Más allá de lo económico y lo legal, el fenómeno revela la fuerza psicológica detrás del coleccionismo. El acto de abrir una caja sorpresa activa mecanismos de recompensa que generan emoción inmediata, deseo de repetir la experiencia y un fuerte sentido de pertenencia dentro de la comunidad de coleccionistas. Este atractivo, sin embargo, también expone a los consumidores a dinámicas de consumo excesivo que muchas veces se justifican más por la emoción que por el valor artístico de la figura. El alcance cultural del Labubu es tal que en Tailandia fue adoptado como objeto de carácter espiritual en contextos budistas y en Singapur llegó a aparecer en campañas políticas personalizadas, lo que demuestra su capacidad de trascender el simple rol de juguete.
En definitiva, Labubu es mucho más que un muñeco de plástico. Es el reflejo de cómo el arte, el marketing emocional, la viralidad en redes sociales y la necesidad de identidad se cruzan en un objeto que pone en evidencia tanto la potencia de la cultura pop como las tensiones de la propiedad intelectual y el consumo en la era digital.

